En defensa del medio ambiente

EN DEFENSA DEL MEDIO AMBIENTE

Corren malos tiempos para la conciencia ecológica, a
la vez que la crisis ambiental se acrecienta cada vez
más. No podríamos encontrar un momento peor
para que esta pareja de acontecimientos encuentren
armonía de tiempo y espacio.
Nos situamos en un marco de un planeta que avanza
a pasos agigantados hacia su propia autodestrucción,
empujado por un sistema tan corto de miras que no
es capaz se superar su simple mentalidad de corto
plazo. Hoy en día, al igual que ayer y
desgraciadamente, si nadie lo impide, como
sucederá mañana, el motor que mueve el mundo es
el crecimiento económico. Este crecimiento provoca
que las relaciones del ser humano con los recursos
que lo abastecen esté profundamente desequilibrada.
Esto se debe a que el crecimiento económico, o la
economía capitalista, está completamente desligada
del plano físico, es decir, los recursos no se
consumen para satisfacer necesidades, sino para
alcanzar altas cotas de beneficios; y estos beneficios
no son otra cosa que billetes y monedas. De ahí que
el consumo de recursos sea, a efectos de
aprovechamiento por parte del ser humano,
completamente irracional.
Esta irracionalidad conduce a la vez a una total
desigualdad en cuanto al reparto de la riqueza se
refiere, pues como ya he dicho, la economía no está
al servicio de las necesidades, sino de la acumulación
de capital por parte de quienes controlan la
producción: los capitalistas. El capitalismo (sin
distinguir capitalismo liberal o capitalismo de Estado,
pues a mi entender todas las formas de Estado
encierran en sí mismas similares métodos de
explotación económica es inherente a la desigualdad
y al sometimiento, de hecho, es su principal recurso;
se puede adaptar a cualquier crisis en cualquier
campo de la producción, pero nunca podría superar
la inexistencia de explotación y sometimiento por
parte de los productores (de ahí la validez como
arma revolucionaria del anarcosindicalismo.
Por otra parte, la misma irracionalidad y desigualdad
se manifiesta en el plano ambiental. Los ecosistemas
terrestres están completamente modificados o
arrasados debido a la acción del ser humano, se han
extinguido numerosas especies por sobreexplotación
o destrucción de sus hábitats, nos hallamos inmersos
en un continuo e intenso proceso de contaminación
de aire, aguas y suelos; estamos convirtiendo nuestro
planeta en un desierto inhabitable.
Frente a esto, como es de esperar, surgen alternativas
y luchas, dentro y fuera del sistema. Las que están
dentro pretenden apagar el fuego echando gasolina,
es decir, plantean una serie de medidas económicas
y/o políticas que supuestamente avanzan en una
dirección favorable a la conservación del medio
ambiente. Lo que ocurre en realidad es lo de
siempre, las iniciativas que plantea el sistema, el
mismo sistema que está destruyendo eso que
pretende salvar, no van encaminadas hacia otro sitio
que no sea salvaguardar su propia existencia. Es
decir, las medidas socio-económico-políticas que nos
plantean cumbres como la de Río, Johannesburgo,
etc, van encaminadas a plantear soluciones parciales,
pero no al problema medioambiental, sino a la crisis
político-económica que pudiera derivar de ese
problema. Esto se traduce en un cambio aparente en
pro de la naturaleza, pero en realidad es contra la
naturaleza, pues ayuda a mantener vivo el paradigma
capitalista de que las democracias neoliberales
pueden afrontar cualquier tipo de problema y
resolverlo, que son el sistema definitivo;
perpetuando así su existencia. Sin embargo, en mi
opinión, es precisamente su existencia la que
provoca que no podamos avanzar de una manera
real hacia una relación equilibrada con el medio. El
mayor exponente de la alternativa irreal del sistema
hoy en día es el Desarrollo Sostenible, que le
permite tener agarrados a una esperanza inútil a
multitud de gente y organizaciones sociales y
ecologistas, y por lo tanto los paraliza y controla.
Por otro lado se encuentran las luchas que se dan
desde fuera del sistema. Con respecto a éstas, el
capitalismo tiende a integrarlas en su seno, a efectos
de tenerlas controladas, mediante subvenciones,
participación política (ya sea electoral o no, etc.
Muchas organizaciones se tragan el anzuelo, unas
conscientemente y otras no. Lo que ocurre es que
inevitablemente esas organizaciones pasan a estar
anuladas, y su lucha se restringirá a pactar o
presionar ligeramente propuestas que vienen dadas
desde arriba, y que no comprometen la disposición
del orden social. De esta manera encontramos
organizaciones ecologistas que defienden el
desarrollo sostenible, partidos verdes,
institucionalización del ecologismo, etc; que no
contribuyen en lo más mínimo a una defensa real, y
sí a hacerle el juego al sistema con el consiguiente
perjuicio de quienes no lo hacen.
En otra corriente están las organizaciones o
individualidades que no aceptan sobornos del
capital. Entre estas hay gente de muy diversos tipos,
pero predominan las tendencias que pretenden
acabar con el sistema. Dentro de estas tendencias
ocurre que la lucha de mucha de esta gente se
encuentra restringida al campo de la ecología. Esto
supone que haya una facilidad inmensa de que estas
organizaciones e individualidades sean asumidas y
entren dentro de los planteamientos del orden
establecido, ya que para nada comprometen su
existencia desde un campo tan restringido y
minoritario. Es fácil que desde estas perspectivas se
contemple la posibilidad de que el cambio social
pueda venir dado de esa lucha. Incluso algunes de
elles utilizarán herramientas que pondrán realmente
en apuros su propia integridad física y su libertad, a
efectos de crear clima social de agitación, etc. Pero a
fin de cuentas, su planteamiento ecologista,
primitivista, verde, etc, no supondrá una amenaza
por estar demasiado restringido, y conducirá más
que a otra cosa a represión a compañeres,
desintegración de las luchas, etc.
Lo que, malamente explicado, intento decir es que
se hace necesario que la lucha no se desintegre, pues
a fin de cuentas el problema del medio ambiente es
el mismo que el de la explotación humana, el
hambre, la miseria, etc, Si bien es cierto que en
cuanto al medio ambiente se refiere se podría
reproducir el sistema de explotación de recursos en
una sociedad humanamente más justa (dependiendo
ya la explotación no de la acumulación de riqueza
mal repartida, sino del consumo, también es cierto
que para cambiar la orientación de la producción y
el consumo es imprescindible cambiar la sociedad.
De hecho, lo que habría que hacer desde mi punto
de vista es introducir la conciencia ecológica en un
movimiento revolucionario que nos permita cambiar
la sociedad, hacia otra en la que les productores sean
les que controlen la producción para así poder
adaptarla a sus necesidades. Sólo cuando ese
movimiento revolucionario (que hoy perfectamente
podría ser el anarcosindicalismo triunfe, podremos
hacer efectivas medidas para la conservación de la
naturaleza, gracias a la reorganización de la
producción en manos de les trabajadores.
Mientras tanto sólo nos quedan dos maneras de
luchar: la conciencia y la defensa. La segunda
consiste en intentar parar las agresiones del sistema
al medio ambiente, no entrando nunca en su juego
ni apoyando sus supuestas medidas. La única
medida que llegado el momento puede ser aceptable
es aquella que se toma gracias a la presión de las
luchas, siendo estas medidas completamente
defensivas y nunca colaboracionistas. Esta defensa
siempre debe ser realizada, a mi entender, de una
manera no específica y acaparadora, es decir, debe
estar integrada en una lucha más amplia por la
reorganización social. Lo que nunca podemos
pretender es que la lucha ecológica por sí misma sea
revolucionaria, y centrarnos exclusivamente en ella.
Con esto quiero decir que no es que las luchas
agroecológicas, ecoanarquistas, etc, no tengan
sentido, que sí lo tienen, sino que no sería bueno
restringir la militancia exclusivamente a ellas.
La otra forma de lucha, la más importante, es crear
una conciencia ecológica, sobre todo dentro del
movimiento, y asumir precisamente que la lucha
ecologista no es de por sí revolucionaria. Lo que es
revolucionario e inasumible por el sistema es una
lucha del pueblo productor, organizado
coherentemente a una ideología revolucionaria y
finalista, en la que siempre esté presente la
conciencia ecológica. De este modo siempre habrá
gente dispuesta a defender el medio ambiente, y a la
vez dispuesta a cambiar la sociedad desde un medio
realmente revolucionario a efectos de que en la
sociedad del mañana podamos alcanzar un
equilibrio armónico no sólo en el plano social, sino
también en el ecológico.

Extraido de “El Fuelle” nº1

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